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COLUMNA 1 DE LA SABIDURÍA. CONOCIMIENTO O SABER. (Parte 5)

  • Foto del escritor: José Luis Taddei
    José Luis Taddei
  • 11 nov 2022
  • 7 Min. de lectura

Por José Luis Taddei.

Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Gen. 1:26-28


A lo largo del tiempo ha habido personas que, en su proceso de individuación, han logrado construir un ego sano, maduro y productivo. Algunas han sido notoriamente conocidas en los últimos tiempos. Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, la Madre Teresa de Calcuta y otros; pero también hay gente desconocida que también lo ha hecho.


Todos ellos tuvieron una victoria de su espíritu sobre las distorsiones del ego por una razón, a través de la espiritualidad conectaron su espíritu con minúscula, con el Espíritu con mayúscula y con ello, pusieron al amor como su estandarte, su vida al servicio de los demás, haciendo todo lo que estuvo en sus manos para mejorar la vida de otros.


Todos estamos en este mundo para manifestar la expresión divina y su sabiduría profunda, para vivir sin límites y para tener dominio en esta tierra sobre todas las cosas. Pero nuestro espíritu, hecho a imagen y semejanza de Dios, debe ser el piloto y conductor de nuestra vida; mientras que el alma y el ego maduro incrustado en ella, el copiloto.

Es decir, al ego no hay que destruirlo sino integrarlo, para que tome la posición que debe pues nunca dejará de acompañarnos, y la única manera de evitar que se convierta en el piloto de nuestra vida, anulando la manifestación del espíritu, es saber quiénes somos y cual es nuestra verdadera identidad; que no es la identidad aparente que surge del ego enfermizo que tiene cauterizada la conciencia, a quien Pablo el apóstol en la antigüedad, cuando no existían estos conceptos psicológicos, le llamó la “carne”, palabra que en el original griego es σάρξ sárx, que significa, naturaleza humana con sus debilidades y pasiones.


Si el espíritu es un atributo divino, la existencia que surge de la espiritualidad es verdaderamente divina.

Te lo muestro desde esta perspectiva. Imagina que tú eres un auto en movimiento, dirigido por un conductor y un copiloto. Si te preguntaran ¿quién consideras que debe conducir el automóvil? ¿Qué responderías? Observa la escena. Están las tres figuras esenciales. El auto, quien lo conduce y el copiloto. ¿Quién debe conducirlo?


Esta analogía puede ofrecerte una comprensión real de quienes todos somos. ¿Quién es el auto? Nuestro cuerpo físico que surgió del polvo, morirá y regresará a su lugar de origen. ¿Quién es el piloto y el copiloto? Nosotros lo decidimos. Pero nuestro espíritu, la fuerza vital que nos habita y da vida a nuestro cuerpo y que también volverá a su origen cuando el polvo vuelva a la tierra como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” Ec. 12:7; lo que realmente somos, debemos elegirlo como el piloto, y nuestra alma con el ego maduro incrustado en ella debe ser el copiloto. ¿Cuál es la realidad en quién es ignorante de sí mismo? El ego inmaduro y enfermizo es quien lo maneja.


De allí la importancia de conocerme, de descubrir quién soy, el que vivirá más allá del tiempo y el espacio, porque espíritu y eternidad es lo mismo; y con ello descubrir, acceder y convivir con la realidad de este verdadero ser que soy, que no es el vehículo en el que me muevo en este mundo al que llamamos cuerpo.


Y al darme cuenta de quién soy, porque me conozco a mí mismo, desde esta base puedo transformar en mí todo lo que quiera; pero viviendo unido mi espíritu con el Espíritu; y de aquí es donde surge la verdadera espiritualidad.


EL FRUTO DE LA VIDA ESPIRITUAL.

La espiritualidad, cuando es comprendida y practicada, se convierte en una experiencia viva, la cual nos produce bienestar en todos los sentidos, porque al estar conectados con Dios, la fuente de todas las cosas, logramos pacificación interior, tranquilidad emocional y plenitud de vida; y su termómetro, es la calidad de vida en la relación conmigo mismo y con los demás.


Hay quién en su vida diaria vive la espiritualidad de diversas formas, aun si no son conscientes de ello. Lo hacen cuando manifiestan amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe, mansedumbre o templanza que es, el dominio propio; atributos contra los que ninguna ley podrá estar en contra. Analicemos cada uno de ellos.


Amor – Los griegos utilizaban diferentes palabras para expresar el amor, dependiendo del contexto al que se estaban refiriendo. Por ejemplo, utilizaban:


Filéo para el amor filial. Juan 5:20

Fílautos, para el amor egoísta, el amador de sí mismo. 2 Timoteo 3:2

Fílandros, para el amor al esposo. Tito 2:4

Filadelfía, para el amor fraternal. Romanos 12:10

Splánjnon, para el amor entrañable. Filipenses 1:8

Filósofo, para el amor a la filosofía. Hechos 17:18;


Y, utilizaban agápe, para el amor que es sufrido, es benigno, que no tiene envidia, que no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; que no se goza de la injusticia, sino se goza de la verdad. El amor que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta (1 Cor. 3:1-4). Quien lo manifiesta hace del amor un festín, porque es benevolente, comprensivo y tolerante.


Las manifestaciones de este amor son la dulzura, la ternura, el cariño, la empatía, la generosidad, la hospitalidad, la tolerancia, el respeto, la amabilidad, el perdón y la comprensión. Lo opuesto es la amargura, la desatención, la indiferencia, el egoísmo, la intransigencia, el desacato, la intolerancia, la descortesía, el resentimiento o el menosprecio.


Gozo – La expresión más viva e intensa por las bellas experiencias de vida que se están teniendo.


Manifestaciones del gozo son la alegría, el buen humor, el deleite, la jovialidad, la prosperidad, la salud, la satisfacción, el regocijo, el placer y la felicidad. Lo opuesto es la tristeza, la enfermedad, la escasez, el mal humor, el hartazgo, el aburrimiento, el fastidio, la insatisfacción, el dolor y la infelicidad.


Paz – El estado de tranquilidad y estabilidad libre de conflictos internos y externos, que permite el fortalecimiento de los vínculos y el desarrollo de relaciones justas y armónicas.


Manifestaciones de la paz son la armonía, la serenidad, la amistad, la conciliación, la unidad, el equilibrio, la fraternidad, el bienestar general y la suavidad de carácter. Lo opuesto es la intranquilidad, la inquietud, la envidia, la hostilidad, el conflicto, la enemistad, la preocupación, la desdicha y la impulsividad.


Paciencia – La capacidad para soportar y sostenerse a uno mismo en contra de aflicciones, adversidades u ofensas y con calma en la espera de un resultado.


Manifestaciones de la paciencia son la entereza, la perseverancia, la condescendencia, la ecuanimidad y la resiliencia. Lo opuesto es la impaciencia, la debilidad, el desaliento, la desesperación, la confusión, el arrebato y el sentimiento de fracaso.


Bondad – La inclinación o tendencia natural a hacer el bien a la gente que nos rodea.


Manifestaciones de la bondad son la misericordia, la compasión, la comprensión, la benevolencia, la cortesía y la renuncia. Lo opuesto es la maldad, la crueldad, la insensibilidad, el desprecio, la mofa y la severidad o dureza en el trato a los demás.


Benignidad – Persigue la excelencia en carácter y acciones, a fin de ser personas de bien, siendo útiles a los demás, facilitadores de sus actividades y consejeros en su toma de decisiones para con ello, añadir valor a su vida.


Manifestaciones de la benignidad son el interés en el bienestar del prójimo, el desprendimiento, la abnegación, el espíritu de servicio y el sacrificio. Lo opuesto es la apatía, la mezquindad, el egoísmo, anteponer siempre al bien propio al bien común y la comodidad personal.


Fe – Es la sustancia de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve.


Manifestaciones de la fe son la confianza, el optimismo, la convicción, la certeza, la esperanza, el esfuerzo y la constancia. Lo opuesto es la duda, la negatividad, la inseguridad, la incertidumbre, la desilusión, el desánimo y el abandono.


Mansedumbre – Es ceder voluntariamente mis expectativas o derechos a favor de otro.


Manifestaciones de la mansedumbre es la humildad, la apacibilidad, el ser pacífico, la sencillez y la gentileza. Lo opuesto es la soberbia, la irritabilidad, la violencia verbal o física, la grosería y la altanería


Dominio propio – La capacidad para mantener los pensamientos y emociones dentro del cauce de la prudencia y la sensatez, a fin de poner límites a las palabras o acciones.

La manifestación principal del dominio propio es el carácter; el conjunto de valores que nos llevan a actuar ante cualquier circunstancia de vida bajo normas elevadas de conducta, muchos de los cuales están mencionados en las virtudes anteriores; y la voluntad. Lo opuesto es la falta de valores que se manifiesta en pereza, apatía, indisciplina, desánimo, negligencia, desorden, desidia o indolencia por carencia de metas y falta sentido de vida, entre muchos otros.


Cuando producimos el fruto del Espíritu, entonces nuestro poder interior aparece, se manifiesta en nuestra vida. Nos llega el discernimiento que nos aporta sabiduría y una quietud interior que envuelve nuestro ser.


Y estos atributos no son sólo conceptos o creencias que se poseen, sino que se viven desde la experiencia y esta es espiritualidad pura que nos aleja del estrés, la preocupación o los miedos, sin importar las circunstancias en las que nos encontremos; ya que produce pacificación interior, armonía y plenitud de vida, derivados de la madurez.


A adquirir madurez en todos los sentidos fue lo que invitó Jesús cuando dijo: “Sean perfectos como su padre que está en los cielos es perfecto”; pues la palabra perfecto, proviene del griego τέλειος téleio, que significa: alcanzar madurez, ser completo, maduro en crecimiento mental y carácter moral, como un propósito definido o meta; y esto siempre nos moverá hacia objetivos que beneficien a todos.


Y cuando nos reconocemos como seres espirituales y a través de la espiritualidad nos conectamos con el Espíritu de Dios, lo que comanda nuestra vida es la sabiduría y las acciones conscientes; donde no elegimos lo que nos conviene, sino lo que es mejor para todos, pensamos en plural, lo que nos lleva en ocasiones a renunciar a un bien propio, en favor de un bien común mayor, pensando siempre en el crecimiento de los demás.


Todo hombre prudente procede con sabiduría; más el necio hace gala de su necedad. Pro. 13:16

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